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enero 16, 2026

El muro de Adriano: la inspiración del Muro de Juego de Tronos

¿Te imaginas un muro romano tan fascinante que hubiera servido de inspiración al muro de hielo de Juego de Tronos? Eso es el muro de Adriano.

Pero antes de ver el muro de Adriano, hemos de hablar de la conquista romana de Britannia.

De Julio César a la conquista romana de Britania

Julio César invadió Britania por primera vez en el 55 a. C., aunque aquella expedición tuvo más valor simbólico que consecuencias duraderas. La presencia romana significativa no comenzó hasta casi un siglo después, con el emperador Claudio en el año 43 d. C. Se estima que la fuerza de invasión rondaba los 40.000 soldados, lo que permitió establecer el dominio romano sobre gran parte de Inglaterra hacia el año 70 d. C. A partir de entonces, Britania pasó a integrarse de forma estable en el Imperio romano.

El problema del norte: las Highlands y los pictos

Imagina que eres un emperador romano. Roma se extiende por medio mundo y ha logrado ocupar gran parte de Britania, pero de pronto se topa con un obstáculo formidable: las Highlands. Se trata de un territorio montañoso, abrupto y con un clima especialmente duro. A ello se suma un enemigo difícil de someter: los pictos.

Este pueblo era experto en la guerra de guerrillas, los ataques rápidos y el aprovechamiento del terreno. Además, mostraba una fuerte resistencia a la romanización y una notable capacidad para unirse frente a la amenaza romana. Todo ello convertía el norte de Britania en una frontera inestable y peligrosa.

Entre los años 78 y 84 d. C., el general Agrícola llevó a cabo varias campañas en el norte de las islas. Sin embargo, sus sucesores concluyeron que mantener una presencia permanente en aquellas tierras tenía un coste demasiado alto para los escasos beneficios obtenidos. Proyectos como la fortaleza legionaria de Inchtuthil fueron abandonados, y las tropas romanas retrocedieron hacia el sur, hasta una línea defensiva más asumible.

La solución romana: levantar un muro

Roma decidió que no conquistaría las Highlands, pero sí protegería la Britania romana de los ataques del norte. La solución más evidente fue construir un muro fronterizo.

Tres legiones, compuestas por unos 5.000 infantes cada una, se encargaron de los trabajos principales. Los soldados romanos no solo eran combatientes: estaban entrenados en cantería, carpintería y albañilería. Antes de iniciar la construcción, los ingenieros estudiaron el terreno para aprovechar defensas naturales y elegir los puntos más eficaces.

El relieve de la zona presenta constantes subidas y bajadas. Esta elección no fue casual: construir en altura ofrecía ventajas defensivas, facilitaba el control visual del entorno y permitía descender con mayor rapidez ante un ataque.

El Muro de Adriano: una frontera monumental

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El muro fue erigido bajo las órdenes del emperador Adriano. Su construcción comenzó alrededor del año 122 d. C. y se completó en unos seis años. No era un muro cualquiera.

Se extendía a lo largo de unos 117 kilómetros, desde Wallsend, en el este, hasta Bowness-on-Solway, en el oeste. A lo largo de su trazado incluía tres puentes, dieciséis fuertes que servían como bases militares, unos ochenta castillos de milla —situados aproximadamente cada milla romana— y alrededor de 160 torretas de vigilancia.

Además, contaba con el vallum, un foso artificial que podía alcanzar hasta tres metros de profundidad y que añadía una capa extra de defensa.

El muro no era uniforme. En algunos tramos alcanzaba hasta 4,5 metros de altura, mientras que en otros era más bajo, dependiendo de los materiales y técnicas empleadas. El grosor inicial de unos 2,5 metros se redujo en ciertos sectores hasta aproximadamente 1,8 metros por razones prácticas. En el este predominaba la piedra, mientras que en el oeste se usaron más la tierra y la turba, en función de los recursos disponibles.

Más al norte: el Muro de Antonino

El éxito del Muro de Adriano animó al emperador Antonino Pío a ir un paso más allá. En torno al año 142 d. C. ordenó la construcción de una nueva línea defensiva más al norte: el Muro de Antonino.

Este muro se extendía entre los ríos Forth y Clyde, en la actual Escocia, y tenía una longitud aproximada de 63 kilómetros. Su objetivo era ofrecer una defensa más avanzada frente a las tribus del norte, consideradas una amenaza constante para la provincia romana de Britania.

Construido principalmente con tierra y césped, alcanzaba unos tres metros de altura e incluía pequeñas fortificaciones y fuertes a intervalos regulares. Sin embargo, el terreno agreste, las dificultades logísticas y la resistencia de las tribus locales, como los pictos, hicieron que su mantenimiento resultara complicado. Tras menos de veinte años de uso, en el 158 d. C. los romanos se retiraron de nuevo al Muro de Adriano, más fácil de defender y sostener.

Un muro vigilado… pero no inexpugnable

Ni siquiera el Muro de Adriano era una barrera absoluta. En el año 180 d. C. murió el emperador Marco Aurelio y le sucedió su hijo Cómodo, menos implicado en la defensa del imperio. Roma comenzó a mostrar signos de debilidad.

Las tribus del norte, a las que los romanos llamaban genéricamente caledonios y otros pueblos pictos, aprovecharon la oportunidad. Las fuentes romanas indican que lograron atravesar el muro en incursiones coordinadas, superando varios puntos de defensa. El sistema funcionaba bien contra pequeños grupos, pero no siempre contra ataques masivos y rápidos.

Aun así, Roma respondió reforzando el muro, enviando más tropas y lanzando campañas punitivas al norte. Durante el reinado de Septimio Severo, a comienzos del siglo III, se realizaron importantes reparaciones, prueba de que el muro siguió en uso durante siglos, hasta el abandono definitivo de Britania a principios del siglo V.

Puntos clave de la frontera: Vindolanda y Pons Aelius

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Vindolanda, el alma de la frontera

Vindolanda se encuentra justo al sur del Muro de Adriano, cerca del fuerte de Housesteads. Fue construido incluso antes del propio muro, lo que demuestra que Roma llevaba tiempo intentando controlar la zona. No era un fuerte aislado, sino un auténtico nodo estratégico.

Estaba ocupado por tropas auxiliares procedentes de distintas partes del imperio: Galia, Germania, Hispania o Batavia, lo que lo convertía en un lugar culturalmente diverso.

Vindolanda es famosa por sus tablillas de madera, cartas y documentos conservados gracias al barro húmedo del suelo. En ellas aparecen invitaciones a cumpleaños, listas de suministros, quejas por la falta de ropa, peticiones de cerveza u órdenes militares. Gracias a estos textos sabemos cómo vivían, hablaban y sentían los soldados y sus familias. Sin Vindolanda, el muro sería solo piedra; con Vindolanda, tiene voz.

Pons Aelius, la puerta del muro

La actual Newcastle upon Tyne se conocía en época romana como Pons Aelius, en honor a Adriano. Su función principal era controlar el puente sobre el río Tyne, uno de los pasos más estratégicos de toda la frontera.

Desde allí se conectaban carreteras hacia el sur, se movían tropas y suministros y se controlaba el tránsito entre norte y sur. Muy cerca, en Wallsend (Segedunum), el muro alcanzaba el mar del Norte, lo que convertía esta zona en un punto clave para el comercio y la conexión naval romana.

Siglos después, los normandos reutilizaron piedras del muro para construir un castillo, origen del nombre de Newcastle.

Un legado que llega hasta hoy

En la actualidad, aproximadamente un 10 % del Muro de Adriano sigue siendo visible y se ha convertido en un importante destino turístico. En 1987 fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, como una de las estructuras más emblemáticas del antiguo Imperio romano.

Entre sus visitantes destacó George R. R. Martin. Una visita al muro a principios de los años ochenta le inspiró para crear el Muro de hielo de Juego de Tronos. El propio autor relató:

«Estaba en Inglaterra visitando a un amigo y, cuando nos acercábamos a la frontera entre Inglaterra y Escocia, nos detuvimos a ver el Muro de Adriano. Me subí allí e intenté imaginar cómo sería ser un legionario romano, de pie sobre este muro, mirando esas colinas distantes.

Fue una sensación muy profunda. Para los romanos de aquella época, este era el fin de la civilización; era el fin del mundo. Nosotros sabemos que había escoceses más allá de las colinas, pero ellos no lo sabían.

Podía haber cualquier tipo de monstruo. Era la sensación de esta barrera contra fuerzas oscuras; eso plantó algo en mí. Pero cuando escribes fantasía, todo es más grande y más colorido, así que tomé el Muro y lo hice tres veces más largo y de 700 pies de altura, y lo hice de hielo».

Referencias

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